Un enfoque natural

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13 abril, 2011

Centrales nucleares: La tercera vía

El pánico que genera la energía nuclear de fisión no es algo nuevo. Habrá quien dice que es exagerado o injustificado, o que obedece más a razones psicológicas que reales. Servidor cree que sí que está justificado. Pensemos en las connotaciones de esta energía, en cómo nació y cómo se usó. Es historia que su desarrollo en el proyecto Manhattan se debió únicamente a motivos bélicos, y que una vez creada, algunos de los científicos más renombrados de la época, abnegaron de ella (Einstein e incluso Openheimer). La primera notica que tuvo el mundo de su uso fueron las bombas tiradas sobre Hiroshima y Nagasaki. Y dicen que “la primera impresión es la que cuenta”.

La posterior competición entre la extinta Unión Soviética y los Estados Unidos durante la Guerra Fría por ver qué potencia mundial podía volar más veces el planeta Tierra tampoco ayudó mucho a la buena percepción de esta energía. De hecho, aunque el miedo de una guerra nuclear que extermine la faz del planeta ha desaparecido en parte de la conciencia colectiva, sigue siendo ésta una posibilidad nada halagüeña para el futuro.

Los orígenes de esta energía y su historia bastan por si sólos para explicar por qué somos muchos los que no la queremos en nuestras vidas. Pero su uso con fines civiles tampoco es que haya seguido una carrera prometedora. En sus 60 años de historia ha estado salpicada de accidentes más o menos aterradores: un total de 29. De ellos 7 en Estados Unidos, 1 en Argentina y 1 en España. Particularmente impactantes han sido los de “Three Mile Island”, “Chernobyl” y ahora “Fukushima”.

Pese a todo, nos quieren convencer de que es una fuente segura de energía. Quizás lo fuera en un mundo perfecto, donde no existieran ni la naturaleza humana ni las presiones económicas. Pero no en este mundo real, tan dado a la corrupción, a los recortes en seguridad para aumentar beneficios, y a lo imprevisible. Ésta energía es intrínsecamente peligrosa.

Existe un amplio consenso sobre sus peligros medioambientales (del cual parece que George Monbiot en UK es una excepción reciente), y su potencial capacidad de producir energía sin aumentar el CO2 es el azúcar que nos dan con la píldora del veneno. A su peligro en caso de accidente hay que añadir que el uranio también es un recurso no renovable del que no hay muchas reservas, y sobre todo, al problema de los resíduos radioactivos que siguen activos miles de años después, para los cuales no hemos encontrado solución. Por último, en el mundo revuelto en el que estamos, es mucho más seguro que no se pueda acceder a este material no generándolo que intentando protegerlo.

Queda por último contestar a los que sostienen que estamos contra la espada y la pared: o energía nuclear o cambio climático. Para este argumento cabe recordar que existe otra vía: usar menos energía. Reducir conscientemente nuestro consumo. Generar un sistema decrecionista donde haya más felicidad con menos cosas. Parece que esta visión está ganando adeptos en Japón, donde bastante gente preferiría no tener centrales nucleares aunque ello supusiera cortes de luz y reducir el consumo. Apaguemos la nuclear, encendamos la esperanza.

Publicado en La Oferta, San José, California.