Muchos hemos aceptado los principios de la economía de mercado: la competitividad, deseo de consumir y ansias continuas por incrementar nuestro bienestar material. En seguida creemos que desear más es lógico. Hemos hecho nuestros los principios de la economía neoclásica: valoramos lo individual frente a lo social, la competición frente a la cooperación y la expansión frente a la estabilidad. Muchas veces abandonamos apresuradamente valores nativos, y aceptamos estos nuevos principios, bien por propia convicción, o bien tras coexistir cierto tiempo con un mercado que ofrece, en variados colores, texturas y sabores, todo lo imaginable e inimaginable.
No obstante, John Gowdy, antropólogo, ecónomo y profesor de ciencias sociales y humanidades, escribe en "Encyclopedia of Hunters and Gathers", una visión muy diferente. Este hombre, interesado en la economía ecológica, sostiene que el mercado es un mito. Es un mito porque los valores en los que se basa la economía neoclásica no son valores universales, como dicha disciplina pretende, sino culturales y relativos. Los principios en que se basa la economía no son atribuíbles a la raza humana "per se", sino a una cultura y momento histórico particular. En este sentido, dichas premisas (individualismo, competición, expansión) podrían ser falsas, y la idea del "hombre económico" un mito.
En particular, la necesidad de economizar para conseguir bienes, siempre escasos, es una construcción cultural. Otras culturas, (Gowdy habla de cazadores-recolectores, que no practican agricultura y subsisten directamente de la naturaleza), mantienen un balance entre lo que disponen y lo que necesitan, y parecen querer poco más. Por contraste, nosotros como consumidores parecemos adictos a un continuo flujo de bienes que nunca parece satisfacernos.
Así mismo, la idea de una actividad productiva individual que ocupe la mayor parte de nuestro tiempo es ajena a los Hadza, por poner otro ejemplo. Éstos parecen, mediante actividades comunitarias, reducir su tiempo de trabajo a unas tres horas diarias, dedicando el resto a intercambios sociales, bailes, y otras actividades que nosotros consideraríamos lúdicas.
En contraste con nuestra cultura, la idea de redistribución está también muy extendida entre cazadores-recolectores, donde los animales cazados se distribuyen entre todos sin parecer importante quién o cómo lo cazó, lo que debilita el concepto de propiedad tan inherente a nuestra cultura.
Por último, la mayoría de sociedades cazadoras-recolectoras fueron "agresivamente igualitarias" mediante la limitación del poder y autoridad individual. La existencia de desigualdades podría ser un resultado de nuestras creencias, más que una cualidad inherente de las sociedades humanas.
Todo esto viene a demostrar que los principios de la economía de mercado constituyen una creencia, más que describir una ley inmutable de la naturaleza. Es pues, cuestión de juzgar nuestra sociedad en base a sus resultados, y dados los múltiples desastres generados: cambio climático, extinciones masivas de animales y plantas, sobrepoblación, deforestación, acidificación oceánica, contaminación y otros, dichos resultados parecen discutibles. Otras culturas que no se basen sólo en el mito del mercado son posibles y quizás, cada vez más necesarias.
Publicado por Alianza News.
Republicado por Diario Bahía de Cádiz.
11 mayo, 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)