Un enfoque natural

Un enfoque natural

20 noviembre, 2007

El mundo en bicicleta

Mi existencia se divide en tres etapas. En la primera iba andando al colegio y usaba la bicicleta los fines de semana, en la segunda iba al trabajo en coche y en coche los fines de semana, en esta tercera voy al trabajo en bicicleta y, cuando puedo, también la uso los fines de semana. Me gusta como se ve el mundo cuando se va en bicicleta. Lo suficientemente rápido para que sea interesante y no aburra, pero lo suficientemente lento para saborearlo brizna a brizna. Me gusta el viento en la cara, el olor de los naranjos que empiezan a florecer, el silencioso avanzar de la bicicleta. Me estimula la fatiga de subir una cuesta, recompensada por la emoción de bajarla, casi sin dar pedales.

Servidor ha ido al trabajo en bicicleta en tres países diferentes. En España casi como acto de rebeldía. En la Universidad mis estudiantes me miraban por encima del hombro, como intentando averiguar de que árbol me había caído. El vecino del quinto me preguntaba: -¿Viene usted de paseo? Y yo respondía: -No, vengo del trabajo. Y el replicaba. -¡No!, del trabajo no puede venir usted en bicicleta, que yo se que usted trabaja en la Universidad. Parece ser que nuestro país, mezcla de tantas culturas, y copia de tantas cosas, la bicicleta y la docencia son mutuamente incompatibles.

En Alemania ir en bicicleta era algo normal. No ir en ella era lo anormal. Mi breve experiencia en Munich me enseñó que las prioridades de circulación son por este orden: Primero los ciclistas, luego los peatones, luego los coches. Se que en otros países nórdicos el uso de la bicicleta es aún más masivo que en Alemania, pero se me hace difícil de creer. Jamás he visto tantas bicis, ni tanta gente usarlas. Familias enteras yendo en bicicleta los domingos, carritos adosados para llevar la compra, o a los niños.

Por último en California el uso de la bicicleta es normal, pero no masivo. Aquí da igual lo que haga uno, nadie juzga ni parece que le importe a nadie un comino. Podría ir al trabajo en una bicicleta rosa con luces de neón y ruedas de cristal de roca: nadie me iba a mirar ni decir nada. No obstante por aquí es difícil explicar que voy al trabajo en bicicleta porque me gusta. En una cultura encaminada a la consecución de metas las acciones simples son difíciles de entender. Podrían entender que soy ecológico y voy en bicicleta por motivos ideólogicos, o que hago competición y aprovecho el paseo al trabajo como entrenamiento. Pero no es fácil de entender que vaya al trabajo tranquilito, saboreando cada pedaleada, olvidándome de que hay un punto A del que he salido y un punto B al que voy a llegar.

Así que empieza uno con una bicicleta y, poco a poco, se da cuenta de que la existencia de uno bien podría ser lo mismo. No hay puntos A y B, sólo hay camino. Hay días de sol, días de lluvia. Cuestas arriba, y cuestas abajo. Hay un pinchazo en medio de la carretera, un día que hay que ir andando y se llega tarde a todos sitios, pero también hay el saber repararlo.

Todo un mundo se desarrolla en torno a la bicicleta. Una que se ha comprado de segunda mano y, tras un breve ajuste, funciona de maravilla. La vendedora me preguntó si sabía darla aire. Para ella dar aire a una bicicleta parecía un misterio. Otra cuyo dueño la mantiene en su garaje, sin vida, porque hace 2 años se le pinchó la rueda y aún no ha tenido tiempo ni ganas de llevarla a reparar (y no hablemos ya de repararla por si mismo). Muchas otras que son usadas como meros instrumentos, como medios para alcanzar fines. Como lo hace todo el hombre, cegado por el fin, el objetivo, usando cosas y personas para alcanzarlo para, una vez logrado, usarlo como trampolín para el siguiente fin. Corriendo, corriendo hacia una meta futura que no logrará tampoco saciar el voraz apetito de la ambición. Pedaleando sin cesar por una carretera, sin pararse a descansar, a ver las setas que salen en la cuneta, a oler la fragancia de las coníferas, a extasiarse con el arcoiris de una mancha de aceite en un charco, confiando en llegar a algún sitio lo antes posible, para desde ahí seguir corriendo hacia el siguiente sitio, cualesquiera que sea. Pero servidor prefiere aparcar la bicicleta en la cuneta, sentarse un ratito, respirar el aire fresco de la mañana, y ver los coches pasar.

1 comentario:

  1. Excelente relato, pensas y disfrutas de lo que es andar en bicicleta tanto e igual que yo. Saludos desde Argentina.

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